Viernes Santo - 10 de abril



Redacción

El día de hoy por una antiquísima tradición no se celebra la Eucaristía. Se guarda hasta la vigilia pascual para celebrar de nuevo la Eucaristía, pues sólo entonces puede conmemorarse la consumación de Jesús en todos sus aspectos.

En su lugar se tiene la “Celebración de la pasión del Señor”. Ésta inició como un día de ayuno por la desaparición del esposo (Sn Mt 9, 15), es decir, como tránsito  a la resurrección. El vienes santo conmemora la victoria sobre el pecado y la muerte. Jesús murió el 14 de Nisán judío, aquel año fue viernes. La Iglesia decidió celebrar anualmente la muerte de Cristo en viernes y su resurrección en domingo. La actual celebración del viernes santo responde a la antigua liturgia cristiana de la Palabra, tal como la describe San Justino hacia el año 150: proclamación de la Palabra de Dios, seguida de aclamaciones, oración de la asamblea por las intenciones de la comunidad y bendición de despedida. Desde el siglo IV había un oficio de la Palabra propio del viernes santo, con la lectura de la pasión del evangelio de san Juan. En el siglo VII se añadió la adoración de la cruz. Se concluía con una plegaria universal. La comunión se introdujo hasta la Edad Media.

En el nombre de este día (que en ciertos países se llama «viernes bueno»), se trasluce ya algo de lo que domina en la liturgia: dentro de la tristeza, está presente una incipiente alegría por todo lo que allí sucedió. San Juan divide su evangelio en dos partes: libro de los signos y libro de la gloria. La cruz aparece, en este evangelio, no como un instrumento de ejecución, sino como un trono glorioso. Un trono de donde mana la misericordia, el amor y el perdón, a diferencia de los tronos de los reyes o emperadores terrenos, donde era un trono para servirse y no para servir.

Hoy en día la estructura de la liturgia del viernes santo se parece a la de la Eucaristía: liturgia de la palabra y de la oración, y finalmente de la comunión. El intermedio lo ocupa, en lugar de la consagración de las especies eucarísticas,     la adoración de la cruz.

La celebración inicia por la postración del presbítero y/o diacono ante el altar. Inmediatamente se lee del Antiguo Testamento: Is 52, 13-53, 12, nos narra que Él fue traspasado por nuestros crímenes; y del Nuevo Testamento Hb 4, 14-16; 5, 7-9 narra que Jesús aprendió a obedecer y se convirtió en la causa de nuestra salvación eterna para todos los que lo obedecen.

El evangelio narra la historia de la pasión, en que brilla con más fuerza la glorificación de Jesús; la pasión según san Juan. Luego viene una serie de solemnes oraciones por toda la humanidad. Son de gran fervor y sencillez y proceden probablemente de la primera época de las persecuciones romanas.

Posteriormente comienza la adoración de la cruz. En tres etapas se va retirando el paño morado que cubre el crucifijo, y en cada una de ellas se canta en tono cada vez más alto: «Mirar el árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo» el pueblo responde: “Vengan y adoremos”. Al besar después la cruz, adoramos al Señor en su pasión y en la gloria que Él conquistó. (Este gesto es omitido este año por la pandemia Covid-19).

Durante la adoración se cantan los «improperios», de expresión tan personal, que no tiene par en la liturgia romana. Finalmente, tras el rezo común del Padrenuestro, se recibe la comunión, que nos da parte en el Señor.

Dentro de la religiosidad popular se tiene el rezo del santo viacrucis, que se realiza por la mañana antes de la celebración de la pasión. (Igualmente este año se omitirá de manera pública). Es recomendable realizarlo y meditarlo en familia dentro del hogar.

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